Dialogo de besugos

Los progres rellenan sus discursos de vacuidad doctrinal, utilizando palabras fetiche como “diálogo”, mientras acusan de “inmovilista” a quienes dudan o levantan el dedo para preguntar. Y es que su discurso no tiene intención de informar sino todo lo contrario, y por eso es intencionadamente difuso y preñado de vaguedades. Es una táctica.

La consigna es dialoguemos; sin más. Pero llaman a un diálogo del que excluyen la duda y cualquier lógica pregunta sobre de qué y para qué se dialoga. 

Cualquier pensamiento apoyado en la razón se estimula mediante preguntas como el cómo, el porqué y las metas de nuestro esfuerzo. Pero en el “diálogo” mantra enarbolado por las izquierdas, las críticas reciben una capa de mantillo que oculta cualquier reflexión o crítica, manera de actuar propia del filisteísmo tan cultivado por las izquierdas.

Pero no nos equivoquemos, pues esta calculada ambigüedad  la utilizan para embaucar a grandes sectores de la población. De este modo, cada persona amoldará el mensaje fetiche (“diálogo”) a su imaginario, adoptando la forma interior que a cada cual le evoquen las intencionadas y nebulosas justificaciones de los buenistas del “diálogo”. 

Y si nacieran dudas en los oyentes, ahí están al quite los politicastros, añadiendo al mantra del diálogo otras palabras fetiche: “políticas progresistas y de izquierdas”. Irresistible apelación. De este modo, cada cual podrá interpretar lo que quiera que se imagine con aquello de “diálogo + progresista + de izquierdas”. Porque al final, todos irán en el mismo vehículo pero cada uno conjeturando sobre su destino ideal. 

En paralelo y como apoyo, desde los medios afines propagarán su pringue-progre, esto es: esa cantidad de grasa tan necesaria para que los mantras se deslicen con mayor suavidad hasta el estómago de los consumidores. Es una de las funciones de los 3M (Medios de Manipulación de Masas), rellenar los vacíos doctrinales que los politicastros se hayan podido olvidar. 

Por ejemplo: Cuando Carmen Calvo manifiesta que se puede hablar de todo con los separatistas pero “dentro de la ley”, y a continuación añade que se podrá discutir –también– de los contenidos recogidos en el TÍTULO VIII de la Constitución española ¿De qué está hablando? Y lo más importante: ¿quien le faculta o vota para negociar los contenidos de la Carta Magna con los separatistas enemigos de España? Ahora bien, si alguien se lo recuerda ¿se imaginan cómo reaccionara? Está claro: apelará al “diálogo” y acusará a los demás de los peor. No falla. Diálogo gana a firmeza, tijera y 155. 

Otro ejemplo: ¿Dónde –de su programa electoral– declaró Pedro Sánchez o el PSOE sus intenciones de NEGOCIAR los contenidos de la Constitución del 78 con el enemigo separatista? Por lo demás cabría preguntarse ¿es un clamor popular la reforma o discusión de la Constitución? ¿No creen los socialistas que hay problemas más importantes en España? ¿Cuántas manifestaciones –grandes o pequeñas– están reclamando una reforma de nuestra Ley de leyes pactada con nuestros enemigos? ¿Existe demanda social? Pues más allá de sus respuestas a todas estas preguntas, toda la investidura del candidato Pedro Sánchez gravita sobre la cuestión de las negociaciones con los separatistas, a pesar de los esfuerzos empleados por los socialistas en ocultar dicha verdad a los españoles. 

Y esto ocurre porque estamos mandados por vulgares politicastros en vez de por hombres de Estado. Es estadista, con su gestión, procura contribuir al bien común dotando a una  sociedad en libertad de un razonable nivel de bienestar, justicia, prosperidad y orden. En cambio, el fin del politicastro es la ocupación del poder, esto es, instalar las posaderas de una persona o grupo a pesar o por encima del interés general.

El estadista es altruista; el politicastro es presa del egoísmo y la vanidad. El estadista defiende políticas de unión, concitando la solidaridad nacional para empresas colectivas; el politicastro necesita dividir a la sociedad enfrentando a unos electores con otros. Para el estadista todos los españoles son iguales; el politicastro clasifica a los ciudadanos entre afines y “fascistas” untraderechistas” “fachas”. ¿Les suena?

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