Mercenarios

Cada día que pasa cuesta más entenderlo. Sabemos que están subvencionados, rescatados, regados recientemente con ríos de dinero nuestro, que existen las líneas editoriales, que el periodismo y los medios generalistas adolecen de izquierdismo congénito… sabemos todo eso. Y aun así no acabamos de dar crédito.

0Estamos ante la mayor tragedia humanitaria desde la guerra civil, y sin embargo, si uno tiene estómago para ver los telediarios, sufre una sensación de irrealidad insoportable. En tu cabeza flota la cifra de fallecidos, uno detrás de otro; la noción -lejana y cercana a la vez- de sus familias, una detrás de otra; imaginas el horror de los días previos a cada fallecimiento y el infierno tras este; imaginas la muerte en soledad de unos y la ausencia del consuelo de la despedida en los otros… Pero lo que ves en la televisión poco tiene que ver con todo esto.

Felicitaciones de cumpleaños, comunicaciones festivas con familiares gracias a sanitarios voluntariosos, altas milagrosas de personas de avanzadísima edad, despedidas de pacientes curados que abandonan el hospital entre los aplausos del personal que se alinea a su paso… Esto constituye el grueso de la “información” dedicada a España, una vez hecha una breve mención a las cifras del día, cifras que son tratadas como un incómodo obstáculo que hay que sortear y camuflar como sea. Y así lo hacen, indisimuladamente. Ni un atisbo siquiera de noticias, de datos, de estadísticas, de comparativas, de investigaciones, del relato de lo que está pasando, ¡por el amor de Dios!… solo anécdotas conmovedoras que chocan frontalmente con el 99% de la realidad restante.

Y ante tal despliegue festivo hay pocas opciones. Una de ellas es negarse a volver a someterse a tal farsa y optar por canales de Youtube, prensa digital rigurosa, etc.; otra es investigar por tu cuenta; y otra es sucumbir ante el macabro almíbar que nos dan a grandes cucharadas y convencerte de lo rico que está. Nuestro cerebro necesita solventar como sea la disonancia cognitiva que se produce por la incompatibilidad entre lo que sabes que está pasando y lo que te están mostrando. Y la mayoría opta por deglutir el almíbar, animado por la nueva religión del #Quédateencasa, y el nuevo régimen político que te permite insultar al vecino que pasea a su hijo autista o amedrentar al vecino enfermero para que se busque otro alojamiento mientras esto dure. De este modo se cumplen dos funciones: das rienda suelta al Torquemada que llevas dentro y además te sientes solidario y casi un héroe.

Pero la realidad sigue ahí, tenaz y tétrica. Y cuando algún periódico osa salirse de la línea edulcorada imperante y mostrar unos pocos ataúdes españoles en una foto de portada, el revuelo entre los mercenarios es monumental. Y cuando leemos en otro periódico digital la entrevista a un militar de la UME que relata cómo es la recogida diaria de decenas de cadáveres en residencias y hospitales y su traslado a las morgues en furgonetas alquiladas, volvemos a pensar en esos mercenarios. En los que ocultan, solapan, camuflan y retuercen la realidad ante nuestros propios ojos un día tras otro. Y que son los mismos que son capaces de rasgarse sus televisivas vestiduras a las primeras de cambio cuando las circunstancias políticas son otras.

Y sentimos estupor. Y un asco infinito. Esos mercenarios forman, junto a este gobierno de negligentes desalmados, el tándem perfecto que convierte la tragedia que estamos viviendo en un lodazal de inmoralidad insoportable.

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