La doctrina del Tirano: ¿Por qué triunfan aquellos que aplastan nuestras libertades?

Es por todos conocido que la plaga coronavírica ha ensalzado a aquellos que desean imponer las doctrinas más orwellianas mientras que una población cretinizada asiste impávida al espectáculo. Estas doctrinas, espoleadas por tiranías bisoñas de nuestro tiempo, se apoyan en todo tipo de artimañas publicitarias para vendernos la moto y de paso, para coartar aún más nuestras libertades minando nuestros debilitados principios occidentales.

Y es que los tiranos no pueden conseguir su objetivo si no es mediante el debilitamiento del Ser constitutivo de cada individuo. Ese contenido que hace al “ser” occidental tiene su origen fundamentalmente en el “ethos” católico y en la tradición de nuestros mayores que con gran sabiduría nos transmitían a través de la “aurea catena” la “tradere”, la tradición, la sabiduría que los maestros legaban al aprendiz o los abuelos a los nietos.

Esa tradición nunca ha consistido en el aprendizaje de valores inútiles, sino en la emisión de una serie de códigos naturales que nos ayudan a estructurar nuestras vidas. Dichos códigos no son otros que la creación de la familia, el respeto a nuestros ancianos o la creencia en algo metafísicamente superior que explica los misterios de nuestra existencia.

Todos estos “códigos” o valores, mantienen a la comunidad política unida y orientada en una razón de ser. Sin embargo, para que los tiranos puedan malear a la nación, primero necesitan atomizarla, cretinizarla y amordazarla hasta que no sea más que una masa inocua de gentuza aborregada.

Las doctrinas del tirano se basan principalmente en romper el principio de solidaridad entre individuos, regiones y comunidades para conseguir la atomización de la sociedad; la censura en los medios de comunicación como factor determinante para silenciar las voces críticas y periclitar criterios sólidos; y el ataque a la Monarquía, como forma de Gobierno fundamental que establece un vínculo necesario con nuestra historia y tradición y, como símbolo de la unidad nacional.

Una vez destruido el Ser individual y el sentir nacional, solo quedaría el Estado, y sin él, no quedaría más que un yermo páramo pasto de luchas internas. El Estado y el tirano se convertirían así en elementos imprescindibles para la supervivencia de los individuos.

Llegados a este punto, el gobierno tiránico únicamente debe mantener en el Estado un nivel de involución ideológica rastrero que no implique una amenaza, y debe dirigir a una población sumisa y genuflexa que presente, como decía Ortega y Gasset, “una epidermis cornea”.

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