Netanyahu desata la peor crisis diplomática con España en 40 años: ¿El fin de una era?

La diplomacia entre España e Israel atraviesa su momento más gélido en cuatro décadas. Una tensión que ha culminado con la decisión del Ministerio de Asuntos Exteriores español de cesar a su embajadora en Tel Aviv, llamada a consultas sine die y cuyo mandato estaba a punto de expirar por jubilación. Pero la medida va más allá: España ha optado por no solicitar un plácet para un nuevo jefe de misión, dejando la representación en manos de un encargado de negocios. Esta jugada iguala la representación israelí en Madrid, que desde el verano pasado opera con una figura similar, sin haber enviado un reemplazo para su embajador. Un escenario que coincide con el 40 aniversario de la Embajada de España en Israel, marcando un hito agridulce en unas relaciones que, según expertos, siempre han sido fructíferas y necesarias, a pesar de los inevitables momentos de fricción.
Este enfriamiento sin precedentes tiene su origen directo en la respuesta del gobierno de Benjamin Netanyahu a los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023. La contundencia de la ofensiva israelí en Gaza, que ha generado una profunda controversia internacional, ha puesto a España en una posición incómoda, forzando una reevaluación de sus lazos diplomáticos. La decisión española de rebajar el nivel de su representación es una señal inequívoca del malestar generado por la situación, y se suma a un contexto global donde las posturas de España y el ejecutivo de Netanyahu parecen cada vez más irreconciliables, especialmente mientras el conflicto en Oriente Próximo siga activo y ambos líderes ocupen sus cargos.
La gestión de la crisis por parte de Netanyahu ha sido objeto de un intenso escrutinio. Críticos señalan que su enfoque, más centrado en el 'hard power' —el poder militar y la disuasión—, choca frontalmente con los valores que tradicionalmente han definido la Civilización Occidental: el soft power, basado en la cultura, la diplomacia y los valores políticos como el individualismo, el liberalismo, los derechos humanos y la democracia. Este giro hacia un poder más duro, donde la fuerza militar parece primar sobre la negociación y el consenso, genera un mundo más inseguro y un empobrecimiento generalizado. Los bombardeos sobre Gaza han alimentado un odio creciente hacia Israel y Estados Unidos en diversas regiones, un sentimiento que, advierten los analistas, será canalizado por fuerzas radicales, perpetuando así una espiral de violencia.
Paralelamente, la ambición de Netanyahu de batir a Irán y resurgir en el panorama político internacional, especialmente en un año electoral, se perfila como un eje central de su estrategia. El fin de la República Islámica ha sido un objetivo de larga data en su carrera, y ahora cree tenerlo más cerca. A pesar de contar con un amplio apoyo popular interno para esta operación, la percepción pública de su liderazgo se ve ensombrecida por el peso del 7 de octubre. Netanyahu busca presentar el fin del régimen de los ayatolás como una necesidad para la supervivencia de Israel y del pueblo judío, impidiendo el desarrollo de armas nucleares por parte de Teherán. Esta cruzada, que ha implicado presionar a aliados como Estados Unidos para imponer sanciones y aislar internacionalmente a Irán, también busca asegurar el monopolio regional de Israel en materia atómica, a pesar de no reconocer oficialmente su propio arsenal nuclear.
Sin embargo, las aspiraciones de Netanyahu de un triunfo claro en este frente parecen alejarse. La situación actual en Oriente Próximo es de caos palpable, con alertas constantes y una creciente impaciencia en el público. La apuesta es arriesgada, con mucho en juego. La estrategia de Netanyahu, que busca ganar a toda costa, genera preocupación entre aliados, incluidas naciones europeas. La imagen internacional de Israel se ve afectada por las acciones militares, y el riesgo de que estas acciones alimenten la radicalización y la violencia a largo plazo es una preocupación latente. Mientras tanto, las posiciones de Rusia en Ucrania se fortalecen, y Europa lucha por encontrar su lugar en este desorden global.
El futuro de las relaciones hispano-israelíes se presenta incierto. La decisión de España de mantener un encargado de negocios en Tel Aviv y la falta de un embajador español en Israel reflejan una profunda brecha diplomática. Las posturas, especialmente en lo referente al conflicto palestino-israelí, parecen distanciarse cada vez más, complicando cualquier intento de reconciliación. La gestión de la crisis por parte de Netanyahu y la respuesta de España marcan un punto de inflexión, un enfriamiento diplomático que podría tener repercusiones a largo plazo en la cooperación bilateral y en la percepción mutua, consolidando el mayor distanciamiento entre ambos países en 40 años.
