Azotes con vara contra el bullying en colegios
Singapur ha vuelto a tensar la cuerda entre disciplina y pedagogía. La actualidad de Singapur se centra en una decisión que ha encendido el debate global: el Gobierno de la próspera ciudad-Estado ha decidido reforzar su arsenal contra el acoso escolar, recuperando una polémica medida. A partir de ahora, los castigos corporales, que incluyen los temidos azotes con vara, serán una herramienta legítima en las aulas para luchar contra el bullying, aunque siempre como último recurso.
Esta drástica iniciativa, anunciada por el ministro de Educación, Desmond Lee, en el Parlamento, busca un equilibrio entre la firmeza y el control institucional. En un país donde el orden público es una seña de identidad innegociable, la medida pretende enviar un mensaje claro: la seguridad colectiva en los centros educativos es prioritaria.
La vara vuelve a los colegios: un protocolo estricto
Lejos de ser una improvisación, la reintroducción de los azotes con vara en los colegios de Singapur viene acompañada de un protocolo férreo. Según ha detallado el ministro Lee, las escuelas solo podrán recurrir a este tipo de sanción cuando “todas las demás medidas resulten insuficientes”. Esto significa que se agotarán antes todas las vías disciplinarias y pedagógicas previas.
El proceso no será arbitrario. Cada aplicación de castigo requerirá una autorización previa del director del centro. Además, solo podrá ser ejecutado por profesores debidamente acreditados. Fundamentalmente, se realizará una evaluación individual de cada alumno, teniendo en cuenta su madurez y la capacidad del castigo para generar un verdadero aprendizaje y corrección de la conducta.
“No se utilizará nunca de forma aislada”, insistió Lee, tratando de disipar las críticas. El castigo físico forma parte de un paquete más amplio de medidas. Este incluye “seguimiento psicológico, asesoramiento y acompañamiento tras la sanción”. La intención, según el ministro, no es meramente punitiva, sino correctiva: reconducir comportamientos en un entorno que prioriza la seguridad y el respeto sobre la indulgencia.
El detonante: casos de acoso que conmocionaron a Singapur
Este nuevo marco disciplinario no surge de la nada. Ha sido anunciado tras un año de revisión exhaustiva y, sobre todo, después de varios casos de acoso escolar que sacudieron la opinión pública de Singapur. La alarma social creció exponencialmente, exigiendo una respuesta contundente por parte de las autoridades.
Uno de los ejemplos más sonados fue el de unos niños de apenas nueve años que enviaron mensajes con amenazas de muerte a la madre de una estudiante a la que llevaban acosando durante seis meses. Este incidente, y otros similares magnificados por los medios, pusieron de manifiesto la necesidad de actuar con mayor contundencia.
Aunque el uso del ratán para azotes es una práctica con arraigo legal en Singapur desde la época colonial —sirviendo no solo para trenzar muebles exóticos, sino también para castigar a pequeños y mayores—, la tierna edad de algunos de los implicados en estos casos generó una conmoción especial. Fue precisamente la controversia generada por el azote a un niño, aun siendo parte de una tradición centenaria, lo que llevó al ministro a detallar qué se puede y qué no se puede hacer bajo este paraguas legal.
La disciplina como seña de identidad nacional
Singapur, conocida por su estricto orden público y sus leyes inflexibles, no es ajena a la controversia cuando se trata de disciplina. La decisión de “limpiar y fijar” estas rémoras victorianas, en lugar de jubilarlas, muestra la idiosincrasia de una nación que prefiere “castigar mejor” antes que dejar de castigar.
La medida busca frenar el bullying en sus raíces, apostando por una disciplina que, aunque polémica, el Gobierno considera eficaz para mantener la cohesión social y la seguridad en las aulas. La actualidad en Singapur demuestra una vez más su singular enfoque en la gestión de la convivencia, priorizando la firmeza en un contexto educativo que muchos considerarían excesivamente severo.
Singapur aclara a sus escuelas cómo azotar a acosadores, copiones y gamberros.
En el sudeste asiático, el ratán sirve para trenzar muebles que son sinónimo de vacaciones exóticas, como aquella silla en que asentó sus posaderas una tal Emmanuelle.
Pero en Singapur el ratán se emplea, también, para azotar.
A pequeños y mayores y con sanción legal, desde la época colonial.
La sorpresa ha saltado esta semana porque la ciudad-estado, a contracorriente, en lugar de jubilar sus rémoras victorianas, las limpia y fija y les da esplendor.






