5 décadas de historia y un estudio fotográfico centenario en Sants
Detrás de la puerta de Can Daguerre, en la calle Sants de Barcelona, aguardan Francesc y Marçal Tàpia Bonet. Llevan cinco décadas de trayectoria ininterrumpida como fotógrafos, representando la tercera generación de una familia que ha convertido este oficio en una forma de vida. Pero más allá de las personas, espera un lugar único: un estudio inaugurado en 1916, construido expresamente para la fotografía y que aún conserva el espíritu de una época en la que retratarse era un acontecimiento.
En una caja de cartón descansan cientos de recuerdos: bodas, comuniones, retratos familiares y pequeños instantes de vida que alguien quiso conservar para siempre. Francesc toma una de aquellas fotografías en blanco y negro, la gira con cuidado y lee la dedicatoria escrita al dorso. Sonríe antes de devolverla a su sobre. En ese sencillo gesto se resume buena parte de la historia de Can Daguerre, un lugar que se alza en la esquina de Sants con Alcolea, un edificio peculiar diseñado y construido para albergar esta actividad desde hace más de un siglo.
Un legado centenario en el corazón de Barcelona
El inmueble que alberga el estudio de fotografía Daguerre es un testigo del tiempo. Francesc Tàpia, actual propietario y nieto del fundador, Martí Bonet, custodia un archivo de negativos con miles de retratos realizados desde 1916, muchos de ellos de vecinos del barrio. El edificio aún guarda la estructura original, transportando a quien lo visita a los tiempos de los pioneros de la fotografía. El centro neurálgico sigue siendo el estudio para los retratos, aunque el techo, originalmente una gran claraboya que aprovechaba la luz natural, ha sido sustituido por focos, si bien parte de la antigua claraboya aún pervive sobre un pasillo.
Lo que fue el laboratorio, con sus líquidos y luz roja, hoy está en desuso y se utiliza como almacén, pero conserva los elementos originales y la pátina centenaria. El cuarto de revelar aún guarda las copias del último trabajo en blanco y negro. Ahora, el laboratorio se ha digitalizado, y un ordenador con un editor gráfico ha sustituido a los artilugios de otro tiempo que contrastan en tamaño con las cámaras actuales.
La fotografía, más allá del clic
Francesc Tàpia reflexiona sobre la evolución de la profesión: "Un fotógrafo aprende sobre todo a mirar". Pero detrás de esa aparente simplicidad, hay mucho más: técnica, sensibilidad y observación. Con los años, entiendes que no fotografías solo personas; fotografías emociones, recuerdos y pequeñas historias. "La gente piensa en apretar un botón, pero un fotógrafo también tiene que saber tranquilizar a quién tiene delante, crear confianza y entender qué quiere transmitir aquella persona", explica Tàpia. En un retrato, a menudo se capta más de lo que se ve a simple vista.
Se ha ganado creatividad y acceso. Hoy, cualquier persona puede expresarse a través de la imagen, y eso es maravilloso. Sin embargo, Tàpia lamenta que quizá se ha perdido un poco la paciencia y el valor de la espera. "Antes había una ilusión muy especial", recuerda. Mantener un estudio histórico no es fácil, especialmente en "momentos complicados", pero Can Daguerre forma parte de su vida y de la historia de muchas personas del barrio.
Este legado, que ha documentado la vida de Sants durante más de un siglo, sigue vivo. Aunque la tecnología ha transformado la forma de capturar y compartir imágenes, el estudio Can Daguerre se erige como un faro de la memoria colectiva, recordándonos la importancia de la paciencia, la técnica y, sobre todo, la capacidad de mirar y capturar la esencia humana en cada instantánea.
Un fotógrafo aprende sobre todo a mirar. Detrás de la puerta de Can Daguerre me esperaban Francesc y Marçal Tàpia Bonet, tercera generación de una familia que ha convertido este oficio en una forma de vida durante cinco décadas ininterrumpidas. Un estudio inaugurado en 1916, construido expresamente para hacer fotografías y que todavía conserva el espíritu de una época en la que retratarse era casi un acontecimiento familiar. En una caja de cartón descansan cientos de recuerdos: bodas, comuniones, cumpleaños, retratos familiares y pequeños instantes de vida que alguien quiso conservar para siempre. Mientras conversamos, Francesc toma una de aquellas fotografías en blanco y negro, la gira con cuidado y lee la dedicatoria escrita al dorso.






