Menos Menas

A la paz de Dios.

Muchos son los que les llaman “niños”, muchos son los que motivados por la pátina de sensibilidad inducida con la que nos los presentan, sienten la blandengue necesidad de proteger con palabras bonitas y ejercer de “torero de salón” para ensalzar sus virtudes, pero que poquitos son los que se los llevan a su casa.

Digo yo que para dar ejemplo y predicar con hechos, bien merecen esos “niños desamparados” que con la pasta gansa que exige el ex vicepresidente en concepto de no se qué, bien pudiera dedicarlo a su mantenimiento, y ya puestos, podría poner en el jardín de su villa una casita y alojar a unos cuantos, ya que si se lleva la niñera por la filosa,  pues así le sacamos provecho a sus quehaceres.

Los niños sin compañía están solos y que alguien se atreva a rebatirme que un niño solo lo mejor es que se le facilite volver a encontrarse con sus progenitores. Y ya en el hilo del debate me pregunto: ¿Que clase de padre o madre deja al hijo de sus entrañas solo a un destino incierto? ¡Hay que tenerlos cuadrados! o quizás  es que no llego a entender las razones. Lo mismo es que forma  parte de un plan muy bien pensado y nos toman como necios…vaya usted a saber.

El caso es que los “menas” nos salen caros en muchos sentidos y  para que no me cuelguen la etiqueta de racista, les aseguro que poco favor hacen a los derechos de  emigrantes que están cumpliendo con sus obligaciones.

Un “mena” tiene que estar en su casa, la de sus p…padres,  (perdón se me fue la tecla) y no imponiendo la ley del pandillero macarra que aterroriza a una pobre señora para sacarle 10 euros de la compra, y esto no es licencia literaria.

Un “mena” tiene que estar vigilando y esperando la deportación acelerada antes de que las hormonas  le hagan cometer delitos sexuales, que a vista de otros no son delitos machistas ya que si un “mena”, o siete, violan, abusan, parece que no es delito de género.

Mantener a estos “niños” en algo parecido a la vida del cerdo, sin nada más que hacer que pasar el tiempo, es generar conflictos.  Si yo fuera esa Fatima que tiene 12  bocas para criar y ninguna oportunidad, no les quepa la menor duda que mandaria a toda mi camada en patera o a nado, para que aquí vivan a cuerpo gentil. Esto es a todas luces el “efecto llamada”, pero como siempre,  son pocos los que llaman a las cosas por su nombre.

Un “mena” crece y a los 15 es un bigardo que no me gustaría encontrar en un parque o volviendo a casa a la vista de los hechos que todos los días vemos (pregunten en los barrios). Pero esto no es racismo, es sentido común porque cuando compro la fruta a hamed, que tiene la tienda en mi barrio, su pasaporte en regla, paga sus autónomos y sus impuestos, no me sale urticaria, ni se me caen los anillos por tomarme un té con su señora, ya que es otro más de los que hacen grande España y a esos trabajadores les respeto, les ayudo y les admiro. Por eso mismo, mis abuelos emigraron de currantes a Alemania, para hacerse unas perrillas y progresar, pero lo hicieron con pasaporte y contrato de trabajo respetando y dando el callo como el primero.

No se me olvidan los orígenes ni soy un bicho por decir que aquí no quiero bazofia, ni mantener a cientos y la madre, en mi casa debería de ser yo quien abra la puerta y los que vengan que sean amigos y respeten, los demás, a su país de origen.

Por cierto está tarde la hija de Ahmed se queda a dormir en mi casa para hacer los deberes con mi nieta, y le estoy preparando una tortilla de patatas, que a la niña le gusta mucho. Esto ni es racismo  ni postureo, es integración de la  verdadera.

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