El desastre hídrico que ahoga a España: embalses millonarios vacíos por falta de canalizaciones
España se ahoga en sus propios despilfarros hídricos. Mientras la península sufre sequías intermitentes y la gestión del agua se convierte en un quebradero de cabeza nacional, decenas de embalses millonarios permanecen secos o infrautilizados por la simple y escandalosa razón de que nadie ha construido las canalizaciones necesarias. Un despropósito que contrasta brutalmente con la ambición de otros países que, como Arabia Saudí, se atreven a crear lagos artificiales en pleno desierto.
La hemeroteca es clara y desoladora: presas inauguradas hace una década, con costes que superan los 50 millones de euros y capacidades de miles de hectómetros cúbicos, languidecen sin cumplir su propósito. El caso de la presa de Siles en Jaén, puesta en marcha en 2015, es paradigmático. Costó 57 millones de euros y prometía 30 hm³ de agua para regar la Sierra del Segura. Hoy, una década después, sigue sin tuberías, convirtiendo un potencial recurso en un monumento al absurdo. Y no es un caso aislado: Alcolea en Huelva, Mularroya en Zaragoza, Castrovido en Burgos… la lista de infraestructuras fantasma se alarga, generando un daño ecológico y un sinsentido económico que clama al cielo.
Lagos en el desierto frente a embalses españoles vacíos
Mientras aquí nos lamentamos por hectómetros cúbicos perdidos, en Arabia Saudí la visión es diametralmente opuesta. El país del Golfo Pérsico, conocido por su aridez, ha decidido que la geografía no será un límite para sus ambiciones. En las montañas de NEOM, levantarán tres presas gigantescas para sostener un lago artificial de 2,8 kilómetros en pleno desierto. Un proyecto faraónico, parte de la estrategia 'Saudi Vision 2030', que incluye una estación de esquí y un lago de agua dulce diseñado para deportes acuáticos y navegación.
La magnitud de la obra, con una presa principal de 145 metros de altura y un contrato que supera los 4.300 millones de euros, pone de manifiesto una apuesta decidida por la transformación territorial y el turismo de élite. Una inversión que contrasta con la parálisis española, donde la burocracia y la falta de planificación convierten los embalses en almacenes de agua inútil, un auténtico desastre millonario.
El agua, un activo turístico… si se aprovecha
No todo son malas noticias en el panorama hídrico español, aunque la gestión siga siendo una asignatura pendiente. En Extremadura, el turismo náutico ha encontrado en los embalses un filón. Con más de 1.500 kilómetros de costa interior, la región ha convertido sus embalses, ríos y gargantas en un atractivo turístico de primer orden. Orellana, Alcántara, Gabriel y Galán, La Serena (el mayor de España)… son solo algunos de los espacios que ofrecen una oferta diversificada, atrayendo a viajeros en busca de experiencias al aire libre y tranquilidad. La primavera, tras unas lluvias favorables, marca el inicio de la temporada alta, con más de una veintena de embalses autorizados para actividades acuáticas.
Sin embargo, este éxito turístico convive con la sombra de la ineficiencia. La capacidad de atraer visitantes choca frontalmente con la incapacidad de hacer llegar esa misma agua a los campos de cultivo o a otros usos esenciales, debido a la falta de infraestructuras básicas. Un ejemplo de cómo el potencial se desperdicia por falta de visión a largo plazo, perpetuando el desastre millonario de los embalses españoles.
Emergencias y cautela: el otro rostro de los embalses
La actualidad de los embalses también nos deja pinceladas de urgencia y cautela. Días atrás, los servicios de emergencia tuvieron que intervenir en un embalse de Segovia para frustrar un intento de suicidio. Un hombre, vecino de Madrid, amenazaba con precipitarse desde la presa de Puente Alta. La rápida actuación de la Policía Local y los bomberos evitó una tragedia, trasladando al individuo al hospital para su evaluación. Un recordatorio de que, más allá de la gestión y la inversión, los embalses son también escenarios de dramas humanos.
Mientras tanto, en otras latitudes, como en el embalse hidroeléctrico de Nam Cun (Vietnam), la gestión del caudal se planifica al detalle. Registros de entrada de agua de 72 m³/s y niveles de 384,85 metros obligan a planes de descarga para controlar inundaciones, con aperturas de compuertas y caudales regulados. Una operativa técnica que, aunque distante, subraya la importancia de una gestión activa y planificada del recurso hídrico, algo que en España parece ser una quimera y agrava el desastre millonario.
España, con sus embalses vacíos o infrautilizados, se enfrenta a un futuro hídrico incierto. La falta de inversión en infraestructuras clave, la burocracia asfixiante y la ausencia de una estrategia clara nos alejan de la ambición de países como Arabia Saudí, que transforman el desierto en oasis. Mientras tanto, el turismo náutico intenta dar un respiro a la imagen de nuestros embalses, pero la realidad de un país 'ahogado' por su propia gestión sigue siendo la más cruda y preocupante. El desastre millonario de los embalses españoles es una realidad palpable.






