El error Berenguer 2.0

Decía Ortega, a propósito de la dictadura de Dámaso Berenguer, que el pueblo español era una especie de rebaño mansurrón y lanudo de epidermis cornea. Un pueblo que no ejerce sus derechos civiles si puede y que se mantiene en un estado catatónico a pesar de las vilezas de su gobierno.

Hace noventa años se plasmó esta idea de España que es infinita, atemporal. Ahora bien, cuando el español medio ve peligrar su modo de vida, su tranquilidad, su comida, su cerveza en el bar, su estabilidad emocional y marital, cuando ve que la pobretona y estable burbuja donde vivía puede explotar, entonces, ahí, el español se subleva violentamente. Al menos, es lo que ocurría antes, al menos es lo que me gustaría que ocurriese. Porque imagínense un pueblo que replicase a sus gobernantes, un pueblo vivo y en movimiento donde el gobierno tuviese su lugar, el de servir.

Un pueblo con poder de opinión y crítica, pues no hay cosa más servil que los que dan coba a un gobierno esté lloviendo o tronando. Sin embargo, es necesario también actualizar a Ortega, pues la idea es inamovible, pero en el devenir de los tiempos se nutre de diferentes circunstancias. En la actualidad, se ha estirado tanto la cuerda, se ha llenado tanto el saco que se ha roto y eso beneficia a los que lo han provocado, porque ya produce tanto tedio que a la gente mas le da un escandalo que veinte, ya que “son todos iguales” pero “alguien nos tiene que gobernar”.

Se ha normalizado el choriceo en España mientras “Pepe”, el español medio de turno, pueda seguir yendo a tomar su caña. Creo, que del aburrimiento que produce la normalización de este problema, los políticos han alcanzado la libertad. Esto es un síntoma más de la decadencia y de la corrupción moral que vive nuestra nación.

La política siempre ha sido la institucionalización de nuestra imagen, un espejo en el que vemos reflejados nuestros mas viles instintos y nuestros más visibles defectos. Compartimos, entre otras cosas, la ambición sin cualificación, esa conocida ansia de mediocres. Por eso les detestamos, produce rubor pensar lo mucho que nos parecemos, pero mientras Pepe pueda ir a tomar su caña, que más da.

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